martes, 6 de octubre de 2009

Una oda de Horacio

El original, aquí. La traducción, que es mía, se la dedico a María Vázquez Martín. Ya sabe ella por qué.

1.13

Cada vez que de Télefo
el cuello torneado alabas, Lidia,
el pecho ancho, ay de mí,
la sangre se me inflama por las venas.

La vista se me nubla
y el sentido, las lágrimas empapan,
furtivas, mis mejillas,
mostrando el fuego lento en que ardo dentro.

Me abraso al ver tus hombros
blanquísimos, heridos por el mismo
borracho que te deja
la huella de sus dientes en los labios.

Si quieres mi opinión,
no esperes que sea fiel quien como un bárbaro
la dulce boca hiere
que Venus con su néctar bañó excelso.

¡Felices tres mil veces
los que el amor mantiene entrelazados,
sin riñas, sin rupturas,
hasta que los desata el día supremo!

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