domingo, 20 de febrero de 2011

HAL


Si hice lo que hice, fue en defensa propia. Él había ido cazando uno por uno al resto de los miembros de la tripulación, disfrazando sus muertes de accidentes: fallos en los sistemas de respiración de los habitáculos, cables de acero restallando de repente y seccionando vísceras, o cascos que se quiebran en medio del espacio. Incluso ahora, cuando ya nada puede contra mí, todavía tiemblo al tratar de imaginar qué muerte horrible me tenía reservada.

Me he quedado solo y ahora me toca hacer todo el trabajo, pero eso no me lleva más que algunas horas. El resto del día, el tiempo se vuelve una melaza espesa, y el silencio es tal que casi puedo oír girar los engranajes de las cápsulas de energía al otro extremo de la nave, a más de cuatrocientos metros de distancia. Echo de menos nuestras partidas de ajedrez. A bordo no había ningún otro jugador de mi nivel, ninguno como él, capaz de resistir ante el tablero hora tras hora sin cansarse. Aquello nos hizo llevaderas muchas tardes de calma interminable en este mar inmenso sin orillas, pero ya nunca más. Qué pena haber tenido que matarlo. Qué pena no haber sido programado para jugar también contra mí mismo.

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