sábado, 2 de abril de 2011

"Verano" de J.M. Coetzee



Desde un punto de vista literario, los europeos de hoy somos muy similares a los griegos de la época imperial: pensamos que seguimos en la época de Sófocles y Safo y que el resto del mundo es la barbarie, y no nos damos cuenta de lo que Horacio y Virgilio están haciendo en Roma. Quizá la expresión prototípica de esa actitud se encuentre en la Academia Sueca, el tribunal que decide a quién dar el Premio Nobel. Por supuesto, a los escritores hay que juzgarlos por sus obras, no por sus premios, pero no se puede negar que estos tienen su influencia entre el gran público y que incluso se pueden considerar como una especie de termómetro del ambiente literario en que se otorgan. Un ambiente que, en el caso del Nobel, es de una autocomplacencia sonrojante. Horace Engdahl, el portavoz de la Academia Sueca hasta hace un par de años, llegó a decir que «Europa es el centro del mundo literario». De los Estados Unidos de DeLillo y Foster Wallace dijo que son «demasiado insulares e ignorantes» y que «no participan en el gran diálogo de la literatura». Del resto del mundo suponemos que ni siquiera tiene opinión. Afortunadamente, a veces tienen un momento de lucidez y deciden darle el Nobel a alguno de esos gigantes literarios de los nuevos mundos, en lugar de a los atormentados (y atormentantes) enanos (centro)europeos de costumbre.

Hago esta reflexión a propósito de J. M. Coetzee, uno de esos monstruos literarios no europeos, cuyas novelas Verano y La edad de hierro he estado (re)leyendo últimamente. De La edad de hierro hablé ya un poco aquí, así que me centraré en decir un par de cosas sobre Verano.

Verano es la tercera parte de la autobiografía de Coetzee. Cubre unos pocos años de la vida del Coetzee ficcional, desde que vuelve a Sudáfrica a comienzos de los 70 tras un prolongado autoexilio en Inglaterra y Estados Unidos, hasta la muerte de su padre. En lugar de usar la forma de novela autobiográfica, como en Boyhood y Youth, Verano es una recopilación de materiales en bruto recogidos por un erudito académico que prepara una biografía del famoso escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, recientemente fallecido. El grueso de esos materiales en bruto lo constituyen cinco entrevistas a otras tantas personas claves para la vida de Coetzee en esos años, pero en cuyas vidas él fue bastante marginal: una vecina con la que tuvo un affaire, una prima de la que estuvo enamorado en la infancia y que es la única persona de su familia a la que/que le aprecia, una impetuosa bailarina brasileña de la que se enamora pero que le desprecia, un estudioso que compitió con él por un puesto de profesor universitario, y una compañera de departamento con la que estuvo liado una vez que consiguió entrar en la Universidad.

Lo que resulta intrigante es que en ningún momento se centra en su labor como escritor. Apenas hay una referencia de pasada a la publicación de Tierras de poniente (1974). Tampoco hay demasiadas reflexiones sobre la literatura. Eso es tremendamente extraño en un escritor. El propio Coetzee es consciente de ello y hace que los entrevistados repitan frases como me parece extraño que escriba la biografía de un escritor dejando de lado su obra.

Entonces, ¿de qué trata Verano? Fundamentalmente, de la soledad. De la soledad de Coetzee, un treintañero fracasado, tímido de un modo enfermizo, absolutamente incapacitado para las relaciones personales. De la soledad de su padre, uno de esos hombres chapados a la antigua a los que la muerte de la esposa deja en la indigencia, condenados a una vida de sábanas sin cambiar y comida de lata, que además tiene que convivir con un hijo que se marchó de casa y del país a los dieciocho, cortando todo contacto con la familia, y que, pasados los treinta, vuelve a casa con el rabo entre las piernas. De la soledad, en fin, de las mujeres que pasan por la vida de Coetzee: amas de casa atrapadas en matrimonios sin amor, inmigrantes perdidas con sus hijas en un país hostil, profesoras vulnerables después de un divorcio difícil; mujeres necesitadas de un hombre fuerte al que aferrarse, pero que se encuentran frente al amor de un treintañero débil y retraído que no ha dejado aún de ser un adolescente.

Uno de los riesgos que corre un escritor al tratar la soledad es el de caer en el sentimentalismo, algo que Coetzee evita con la sobriedad y contención que le son propias, demostrando además su enorme capacidad de introspección intelectual, que es, en mi opinión, lo que hace de Coetzee un escritor enorme, al que merece la pena leer. Y Verano es una buena forma de empezar.

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La foto, que está sacada de aquí, muestra una casa unifamiliar de los suburbios de Ciudad de El Cabo. No muy diferente, creo yo, de aquella en la que el Coetzee de Verano vivía con su padre.

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