domingo, 14 de agosto de 2011

Crónicas emeritenses (I)



6.7.2011

En Mérida, un par de días, de paso hacia Matalascañas. A la vuelta, la próxima semana, veremos el estreno de Antígona. Hoy por la noche hemos estado en la Alcazaba. En uno de los esquinazos de su patio han levantado dos gradas que encuadran un pequeño escenario sobre el suelo de tierra de la fortaleza. Allí hacen algunas actividades paralelas a las representaciones del teatro romano. Hoy hay monólogos, pero también se hacen conciertos.

Los monólogos dramáticos tienen un problema muy grande. Cualquiera que esté acostumbrado a asistir a reuniones y conferencias sabe que el máximo de tiempo que se presta atención a una única persona que habla es de unos veinte o treinta minutos. En el caso del teatro, o eres Shakespeare o Calderón o tienes muy difícil crear un texto para ser interpretado por una sola persona que pase esa prueba. Ese es, desgraciadamente, el caso de los dos monólogos que hemos visto esta noche, cada uno de unos cuarenta minutos.



El primero, titulado Calpurnia pisonis (sic, en minúscula), trata de las vivencias de Calpurnia, mujer de César, el día de su asesinato. Lo interpretaba Emma Suárez. El texto era muy lírico, lleno de imágenes poéticas potentes, y precisamente por eso inapropiado para un monólogo de cuarenta minutos de duración. Eso no lo soporta nadie. La interpretación estuvo bien, aunque algo sobreactuada en ocasiones. Lo mejor, sin duda, poder tener a seis metros a Emma Suárez, por quien siempre he tenido debilidad, y que a sus cuarenta y cinco sigue estando impresionante.



El segundo, El instante del absurdo, pintaba mucho peor. Mis referencias del actor, Roberto Álvarez, no eran demasiado buenas: sólo lo conocía por haber hecho de marido de la Obregón en Ana y los siete. El tema, las reflexiones de Sísifo sobre la condición humana, hacía esperar una sesión de catequesis, y yo ya tuve suficientes en los colegios de monjas en los que estudié. El caso es que no empezó mal la cosa. El tono de la obra, su vocabulario, eran mucho más ligeros que los de la anterior, mucho más apropiados. Las palabras estaban muy bien escogidas, sin anacronismos ni términos que chirríen para como se espera que hable un habitante del mundo antiguo. La interpretación, más natural que la de Emma Suárez, y llena de esas falsas improvisaciones que hacen los buenos oradores, me sorprendió gratamente. Y la cosa fue bien durante unos diez minutos, mientras Sísifo relató su vida y sus hazañas: cómo engañó a Zeus, cómo burló a Hades y a la Muerte, cómo fue finalmente aprehendido y condenado. Y entonces el momento fatídico: Sísifo se puso a canturrear una canción de Bob Marley. Mi gozo en un pozo. A partir de ahí todo fue a peor. Comenzó la homilía, llena de lugares comunes y reflexiones simplistas que se pretendían hacer pasar por pensamientos profundos: que qué mal está el mundo, que es que hay mucha droga, que Sísifo es el proletario de los dioses y llora cuando ve sufrir al Pueblo (dioses, cuántas fosas comunes más tenemos que ver para que desterremos de una puta vez los abstractos de la política, cuántos campos de concentración para olvidarse de las naciones, los pueblos, las identidades culturales...). Miren, el problema de tener como máximo referente cultural a Bob Marley es que decimos cuatro obviedades y tres simplezas y nos pensamos que hemos escrito la Etica a Nicómaco. Y ése es el problema que tiene una gran parte del autodenominado «mundo de la cultura» (vulgo: actores, cantautores y otras hierbas). Por si fuera poco, Roberto Álvarez, con lo bien que lo iba haciendo, perdió el hilo del monólogo en un determinado momento, se puso nervioso, y a partir de entonces tuvo muchas vacilaciones, como si no recordara el papel (o esa sensación daba), y lo intentó compensar sobreactuado. Yo pensaba que la cosa no podía ir a peor, pero me equivocaba, porque casi al final de la obra llegó la apoteosis de la cursilería, cuando Sísifo nos pidió que cerráramos los ojos y recordáramos nuestro momento happy happy. Por suerte, no se le ocurrió pedir que abrazáramos a nuestros vecinos de asiento, y así me ahorre el tener que salirme del teatro a vomitar. Luego acabó, con una declaración de falsa modestia, en plan no se rían de Sísifo, que soy muy viejo y he visto muchas cosas y soy más listo que ustedes (es decir, que la autora del monólogo, Chus Gutiérrez, es más lista y más profunda que nosotros, pobres espectadores).

En fin, la semana que viene, más. Y espero que mejor.


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Fuentes de las imágenes: 1, 2 y 3.

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