miércoles, 3 de agosto de 2011

"El Danubio" de Claudio Magris (I)



Cuando leo un libro tengo la costumbre, supongo que compartida por muchos, de ir subrayando los pasajes que me interesan. Luego, en el vuelto de la última página del libro, anoto la página en la que aparecen esos pasajes, para poder volver a ellos cuando me apetezca. Generalmente suelen ser unos diez o quince en cada libro. Sin embargo, de cuando en cuando aparece alguno con el que no doy abasto. Es el caso de El Danubio, de Claudio Magris, en cuya lectura llevo sumergido varios meses. No es ni una novela, ni un libro de viajes, ni un ensayo, sino todos ellos y ninguno al mismo tiempo. No es un libro que se deje leer deprisa. Las avalanchas de datos eruditos, verdaderos y ficticios, sobre la civilización mitteleuropea y la enorme cantidad de reflexiones que contiene no permiten obrar de otra manera. También hacen que se corra el riesgo de llenar el libro de subrayados y notas. Por eso dejé de hacerlos a partir de la página 158 (tiene 370 exactamente). La literatura y el viaje como medios para ordenar los espacios en blanco de la vida; la fascinación que ejerce el mal; las relaciones entre ciencia y literatura, son algunos de los temas de que tratan y que me interesan especialmente. La cita del mes de mayo, en la columna izquierda del blog, está extraída de él. Pongo aquí otras dos más, a propósito de esos otros dos temas. La primera:


Es posible que escribir signifique rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas. El miedo, ha escrito Canetti, inventa nombres para distraerse; el viajero lee y anota nombre en las estaciones que deja atrás con su tren, en las esquinas de las calles adonde le llevan sus pasos, y avanza un poco aliviado, satisfecho por ese orden y ese ritmo de la nada.


La segunda está sacada del capítulo titulado El kitsch del mal, uno de los más brillantes de todo el libro, en el que Magris se dedica a demoler ese prestigio seductor y tenebroso que tiene el Mal, para dejar claro que detrás de las máscaras de bronce no hay nada más que indigencia intelectual y deseos de trascendencia. Así escribe a propósito de Mengele, uno de los más claros exponentes de esa fascinación, tan poderosa como vacua:

Mengele, en ese momento, está fascinado por la transgresión, la ejerce como una especie de culto, piensa que ilumina la vida cotidiana con una luz superior. Los actos que realiza son, además de atroces, de una extrema estupidez, son actos que todos podrían realizar y que él, en su ignorancia deslumbrada por el Kitsch, piensa en cambio que son acciones reservadas a unos pocos elegidos.


Una nota formal para acabar la entrada: El Danubio se divide en nueve secciones (cada una dividida en capítulos). Las tres primeras están dedicadas a Alemania. Las seis restantes, a los seis países que atraviesa, que atravesaba en 1986, cuando fue escrito, el río en su trayecto desde su fuente hasta el mar Negro: Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Estoy en Yugoslavia. Me quedan, calculo, un par de meses de lectura. Cuando llegue por fin al Delta es posible que vuelva a anotar algo.


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Fuente de la imagen, aquí.

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