martes, 6 de septiembre de 2011

"Mono y esencia" de Aldous Huxley



Nos encontramos en Hollywood, unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Un par de artistuelos de poca monta encuentran un guión de cine desechado y se disponen a leerlo. Hasta aquí la ficción introductoria, el Cide Hamete Benengeli particular de esta obra. A partir de ese momento comienza verdaderamente Mono y esencia: El mundo ha quedado destruido por una guerra nuclear y sólo Nueva Zelanda se ha salvado. Muchos años después, en el 2018, los neozelandeses mandan una expedición exploratoria a California, donde encuentran una tierra asolada y una sociedad tribal organizada en torno al culto a Belcebú y al Proletariado, una sociedad regida por sacerdotes en la que el sexo y el amor están penados con la muerte para evitar los nacimientos de mutantes, excepto durante una «época de celo» en la que todo se convierte en una orgía. En ese mundo queda atrapado uno de los investigadores neozelandeses, y en él encontrará el amor junto a una jovencísima nativa. El guión acaba con la huida final de los protagonistas en busca de una tierra donde la recompensa de su amor no sea una lapidación pública.

Por si fuera poco, el relato está aderezado con un narrador enloquecido y unos coros en los que unos mandriles antropomorfizados maltratan, apalean y esclavizan a varios Albert Einstein vestidos con harapos. Me pregunto qué es lo que podría hacer Terry Gilliam con un argumento semejante.

En algún sitio leí que esta novela era una distopía más perturbadora que Un mundo feliz. No estoy de acuerdo. Es más, niego la mayor. Mono y esencia no es una distopía, es una pesadilla de ácidos. Y como tal es fragmentaria, incoherente e irracionalmente terrorífica. Y precisamente por eso es menos espantosa que Un mundo feliz. Porque no es sorprendente que los bárbaros sean bárbaros. Lo que de verdad hiela la sangre, en cambio, lo que resulta del todo incompatible con la condición humana, es la muerte limpiamente burocratizada. No el salvaje que quiere matar enemigos, beber su sangre y escuchar el llanto de sus mujeres, sino el tipo gris y aburrido que organiza en su oficina los horarios de los trenes que acaban en los campos de concentración. No Mono y esencia, sino Un mundo feliz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario