No comprendía que Zhuchenko le inquietaba
no porque
fuera más culpable que él, sino porque
su terrible monstruosidad innata le
disculpaba,
mientras que él, Jmélkov, no era un monstruo,
sino un hombre.
V. GROSSMAN
Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente
que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres
no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron,
y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales.
H. ARENDT
esta evidencia, esta obligación de vivir con el mal
en nuestro interior es difícil de aceptar, y preferimos
levantar un alto muro entre los «monstruos» y nosotros,
condenarlos al oprobio y creernos diferentes por esencia,
asombrándonos de cómo semejantes seres
han podido siquiera existir.
T. TODOROV
Más lograda que Life & Times of Michael K, en mi opinión, aunque tienda a la fábula (y yo no soy apasionado de las fábulas), pero no al nivel de Disgrace o Age of Iron. Sin duda, lo mejor, lo esencial, prefigurando esas magistrales novelas de después, es la profunda conciencia del protagonista de su complicidad de muchos años con el mal. De que su resistencia final frente al Imperio muy poco tiene de heroica, por ser más cabezonería de viejo que indignación ante lo injusto.
Coetzee se sitúa así frente al mal en la línea de Arendt y de Grossmann, con su lúcido rechazo de la autocomplacencia. En la línea en la que más tarde se pondrá Tzvetan Todorov en una breve obrita imprescindible, titulada La memoria, ¿un remedio contra el mal?
Qué diferente de tanto asustaviejas encantado de haberse conocido.
* * *
La imagen está extraída de aquí. Es un fotograma de El hombre que pudo reinar, de John Huston (1975). Esos paisajes desolados del Afganistán decimonónico son los que me vienen a la cabeza para ambientar Waiting for the barbarians.

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